Ahí me tienen decepcionado por una tarde dominguera en Coachella que no sabe a nada más que aburrimiento dominical. Ya lo había dicho Mecano: el domingo es descanso obligatorio. Pero no hago caso. Me acerco al escenario en cuánto dan las seis de la tarde. Una popera noruega de nombre Likke Li, se enfrasca en una pelea con beats de escaso contagio.
Hace calor. El sol es inclemente. Mi piel hierve. No es precisamente emoción lo que me rodea sino una viscosa depresión. Quizá un poco cómo la actitud perfecta para escuchar a este divo de la melancolía, este monumento al desamparo, el ícono de la depresión solitaria. Antony ya ha sido diseccionado por este blog hasta el cansancio. Hemos alabado sus dos discos anteriores. No nos hemos cansado de bufar sus participaciones con artistas que van desde la leyenda (Lou Reed) hasta el ridículo (Joan As Police Woman) pasando por estrellas trasnochadas (Marianne Faithfull) y estupideces (CocoRosie). Y este disco nos ha parecido...decente.
Pero ése no es el caso. Estaba ahí para escucharlo, para verlo, para cerciorarme de que su opulencia física empataba con su opulencia musicovocal. Para coincidir la figura mediática con la leyenda, para ver si el voluminoso personaje encerraba esa voz de delicadeza profundísima.
Y ahí estuve: parado en primera fila junto a un par de extraños personajes que parecían no asimilar nada.
A las 6:15, Antony se asoma para echar un vistazo a su escaso público: es curioso, hay poco público. Para ser un acto amado por la crítica snobby y la intelligentsia musical, el acto no ha congregado a tribus sedientas de hype. En realidad hay muy poca gente. Parece que esto es un culto más que un concierto.
Y ahí lo veo a espaldas del escenario. Lleva puesta una especie de manta blanca-blusa-bata de baño que enmarca su rotunda figura. Pantalones negros (le adivino una talla 42), ¿sandalias? Echa un vistazo y los Johnsons toman su lugar. Un chelo, un violín y una guitarra acústica.
Antony sale. Me pongo apoteósico. Grito piropos, silbo, parezco fan de los Jonas Brothers (recordar mi adolescencia a los 30 es bastante grato), etcétera. A veces me sorprendo de mi simpleza de fan. Pero Antony ahí está. Como un oficiante de una misa oculta. El sumo sacerdote con cuerpo de luchador sumo para un ejercicio de suma religiosidad.
Antony anuncia que tiene un set preparado por Matthew Herbert, "para esa hermosa tarde, en tan bonito festival, necesitamos un set `divertido´", nos dice y conecta una Mac. ¿Y su piano? Ausente. Primera señal.
Y comienza con canciones de su disco reciente con arreglos electrónicos. Nos recuerda lo que hizo con Andy Butler, pero esta vez sólo son beats de tres pesos. No hay enjundia, no hay diversión, no hay alegría. Su música es un compendio de notas agridulces que en el contexto de una sala de baile sólo se siente absurdo. Seguna señal: sus canciones provocan pocos aplausos. El público está desconcertado. A mí me parece que con el calor y la euforia desértica, sus canciones se sentirían fuera de lugar. Le agradezco el detalle pero ninguna canción me atrapa. Al parecer todo mundo está aquí por el influjo de su voz (una marea de susurros de vestida en el cuerpo de una osa polar) y nadie por la música per se. Mala (tercera) señal.
Antony tiene fallas de sonido. El ruido se le mete. Él micrófono se le vicia y su voz se escucha rota. ¡Sacrilegio! El estùpido del ingeniero de sonido no sabe cómo resolver la situación. Antony se incomoda.Canta tres canciones más y enfurecido apaga su Mac. Se ha acabado. Es una diva. De diez canciones que pensaba tocar sólo despega siete. Los técnicos se miran dubitativos. Los Johnsons encogen los hombros. Antony se ha escurrido dejando pedazos de listón blanco (los listones que pendían de su blusa se les atoraban en el pedestal del micrófono o en la Mac) y mira con furia a los técnicos. No voltea hacia su público.
¿Decepcionante? No. He conseguido el setlist y por alguna extraña razón estoy muy contento. Antony ha demostrado con su furia gay (calmada, pasivaagresiva, sosegada) que tiene un alma humana, que berrea y hace berrinches, que no sólo es pobreza de espíritu. Antony me ha sacado de un estado de pobredumbre emocional a un estado de euforia colectiva, irracional, extraña. Él que le ha cantado a los desvaríos del alma atrapó con sus arrullos semidisco a mi melancolía y la hizo trizas con un berrinche de diva mamona.Lo musical no valió la pena. El hecho mismo de que Antony, como buena rockera, sea un cúmulo de actitud me hizo acercarme de nuevo al personaje e interesarme más en su veta de ser humano que en el rockstar de la miseria humana que le encanta defender.



2 comentarios:
Pues a mi si me gustaron sus versiones! pero digo, yo tmb hubiera esperado al antony de siempre, ya despues que hiciera sus "experimentos" boni boni post!! Por cierto tu blog tiene 22 subscritores via feed y las rockeras 47!! hay la llevamos!!
Ea Ea!
me late el disco homónimo
del grupito este, rolitas como
"Deeper Than Love" "Hitler un my Heart" y "Divine" corren por mis favoritas del disco JOO!
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