Y ahí nos vemos atrapados en un maremágnum de jotis liosis, jotis bonis, draguis chispis y demás litis. La XXI Marcha Lésbico-Gay-Bisexual-Transgénero-Heterosexual-másloqueseacumuleestasemana ha empezado con la puntualidad tan característica de los mexicanos, homosexuales o no: una hora más tarde. La organización, como siempre, prácticamente inexistente. Cada quien camina hacia donde quiere. Nadie está organizado. Cada quien puede usar la Marchita como un espacio para sus propios performances.
Hay algo curioso en las Marchas por el Orgullo mexicanas: cada quien jala agua para su molino. Ahí por ejemplo vemos una carroza (nunca el terminajo quedó tan bien para estas politiqueras) que apoyan a algún politicastro de la izquierda trasnochada del país: el PRD (¿o era el PSD? Bah, da lo mismo). Pero también estaban unas que juntaban firmas para apoyar al PT pero no al PRI y así sucesivamente. La Marchita como centro de expresión política, ¡qué bonis! Lo peor es que nadie firmaba y la chica que juntaba firmas espetaba con saña un "por eso estamos cómo estamos". Ay ajá.
Y es que en el gran contingente (que en realidad este año me pareció menor que las multitudes de antes más que la veldá) que se arrancó en la Puerta de Chapultepec abundaban los estereotipos y las personificaciones: osos, leathers, drag queens, punketos, lesbianas, madres de hijos homosexuales e hijas lesbianas y así.Pero más que una manifestación del tipo "aquí estamos" todo estaba hecho de un desmadre típico. La jotería más como emblema que como reivindicación.
La Marchita está cada vez más marchita en parte a que se hace más de esto una celebración (la Naviplaztik, Polari dixit) en donde se buscan regalos y regarrotes, donde se liga y se celebra la promiscuidad que tanto amamos, donde se aparece uno y se muestra y blablabla en pos de una presencia que tanto anhelamos y que ni tardamos nada en boicotear.
La Marchita es más una manifestación de la jotería propia y personal. Es el carnaval gay más lúdico y lúbrico de un país que ha hecho de la doble moral y la hipocresía, el lenguaje social. Es la fecha en donde las multitudes salen a marchar para...¿qué?No importa. Ahí están los drag queens que compiten por la peluca más encopetada, el vestido más original, el maquillaje menos corrido, la apariencia menos masculina. Ahí están los osos en una búsqueda de masculinización pictórica. Ahí está la gente bien que se oculta con máscaras de...carnaval. Ahí están los go go dancers de músculos flácidos. Ahí están las transgéneros de tetas de silicona. Los punketos con afiches. Los leathers y sus esclavos. Las tehuanas. Los loquesea.
Es la marchita ad nauseam; no cambia ni se transforma. Todo sigue igual. No hay protesta, no hay un "aquí estoy". No hay una propuesta, una manifestación pública. Todo es una fiesta privada. Una Navidad gay en donde todo mundo se pone sus mejores garras y se lanza a la fiesta que, eso sí, los bares gays mexicanos no tardan en capitalizar.
Es la marchita. Tan triste ella.
No nada más con regalar condones se hace conciencia.
A botepronto, y dando la opinión de este colaboradorts en respuesta al ensayo filosó-fico de la CuisQueeris.



1 comentarios:
Ay chava, no es mío, no me vayas a armar lío(zaz), es de la polari. Es un DIXIT de los buenos.
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